SANTO TOMÁS DE AQUINO, MAESTRO DE VIDA ESPIRITUAL, SEGÚN EL PADRE MARIE-DOMINIQUE PHILIPPE
Fray Javier María Pose O.P. *

Un proverbio bíblico enseña: “Si ves a un hombre inteligente, ve en seguida hacia él, y que tus pies gasten el umbral de su puerta” (Sir 6, 36). En el lenguaje concreto y expresivo de la sabiduría antigua se nos dice cuál debe ser nuestra actitud ante los maestros: “Gastar el umbral de la puerta”, es decir, acudir una y otra vez, no cansarse de repetir el camino, volver siempre. ¿No es esto lo que debe caracterizar a un discípulo? No es fácil, sin embargo, encontrar hoy estos maestros, todos lo sabemos. Ciertamente no han faltado en la historia de la Iglesia, gracias a Dios, y santo Tomás es uno de ellos. Sin embargo, no siempre es fácil comprenderlo y entender su enseñanza, sobre todo cuando más de siete siglos nos separan de él. Bajo la guía sabia del P. Marie-Dominique Philippe quisiera yo invitarlos a profundizar en algunos puntos de su doctrina y a recordar aspectos de su vida. Espero así poder contribuir al objetivo que nos reúne este fin de semana en estas Jornadas de Espiritualidad.

A Santo Tomás todos lo conocemos. Debo decirles, en cambio, algunas palabras sobre el Padre Marie-Dominique Philippe. Dominico de la provincia de Francia, ya con más de 80 años, el P. Marie-Dominique tiene un atractivo particular al que es muy difícil de permanecer indiferente. Ha sido durante mucho tiempo profesor de filosofía en la Universidad de Friburgo, en Suiza. Actualmente se dedica a la predicación, con auditorios muy variados y en lugares muy diversos, de todos los continentes. Continúa también la enseñanza de la filosofía y de la teología en la Comunidad San Juan, de la que es el fundador y el prior general y que cuenta ya con más de 500 miembros repartidos por todo el mundo.

De su relación con Santo Tomás podemos decir, ante todo, que es la de un lector atento y un gran conocedor. Lo prueban, por ejemplo, los análisis detallados de distintos artículos de la Suma de Teología que ha publicado durante años en varias revistas. Además, junto con un equipo de la Comunidad San Juan, ha comenzado la traducción al francés del Comentario de Santo Tomás al Evangelio de san Juan, con notas y comentarios muy valiosos. Sin embargo, más que “tomista”, el P. Philippe prefiere presentarse como “amigo de santo Tomás”, ya que, según él, puesto que santo Tomás buscaba la verdad, todos los que buscan la verdad son sus amigos (1). No se trata entonces de repetir a santo Tomás, sino de buscar la verdad. Esta reticencia se explica por dos reproches que el P. Philippe hace a un cierto “tomismo”: el descuido de una filosofía realista que parta de la experiencia y que conduzca a la inteligencia que busca la verdad a una verdadera sabiduría, y el olvido de la orientación contemplativa de la teología, que nos ayude a penetrar en el misterio de la Santísima Trinidad y a descubrir en Cristo crucificado la revelación última de su amor por nosotros.

El P. Marie-Dominique Philippe, de esta manera, intenta recuperar la doctrina de santo Tomás sobre los tres órdenes de sabiduría, la sabiduría filosófica, la sabiduría teología y la sabiduría como don del Espíritu Santo. Puesto que este tema tiene una importancia fundamental en su pensamiento y en la lectura que él hace de Santo Tomás, voy a referirme a este tema en primer lugar. Luego, en una segunda parte, expondré sucintamente algunos aspectos de la doctrina de santo Tomás que el P. Philippe recalca de manera particular con relación a nuestra vida de intimidad con Dios. Finalmente presentaré a la persona misma de santo Tomás, al santo, tal como el P. Marie-Dominique lo describe y lo enseña a venerar. Santo Tomás es, en efecto, maestro de vida espiritual no sólo por su doctrina sino con el testimonio de su misma vida.

I- Las tres sabidurías

El P. Philippe considera fundamental para la comprensión de la doctrina de santo Tomás la distinción de tres órdenes de sabiduría, esbozada ya en la primera cuestión de la Suma de Teología (2). No me detendré en este tema sino para destacar algunos elementos de la enseñanza del P. Philippe que son claves para entender su comprensión de santo Tomás y la importancia y vigencia que él atribuye para nuestro tiempo.

Cuenta el P. Marie-Dominique que, al comienzo de su formación intelectual en la Orden, comenzó a hacer preguntas a uno de sus profesores sobre las famosas vías para afirmar la existencia de Dios, sin quedar satisfecho por las respuestas. Desde ese día se convenció de que, para poder comprender adecuadamente a santo Tomás, había que comenzar por estudiar seriamente sus fuentes, y de manera particular a Aristóteles (3). La comprensión del orden y de la estructura del pensamiento aristotélico han posibilitado al P. Philippe la elaboración de su propio pensamiento filosófico, basado también en las grandes experiencias de la vida humana.

¿Por qué esta insistencia en la filosofía? El P. Philippe sostiene la necesidad de una profunda rectificación de nuestra inteligencia, desvirtuada y herida en su ordenación natural a la verdad. Los frailes de la Comunidad de San Juan, por esta razón, ya en el noviciado tienen clases de filosofía. Una formación así, necesaria para comprender qué es el ser humano, en sus luchas y en su grandeza, en sus límites y en sus capacidades, se articula en base a las grandes experiencias humanas, que dan origen a las diversas partes de la filosofía: el trabajo, el arte, el amor, la amistad, la cooperación, la vida, la misma persona humana, finalmente la cuestión sobre Dios (4). Como santo Tomás, el P. Marie-Dominique insiste en la importancia de la autonomía de la inteligencia, que sólo puede lograrse por este camino. Esta sabiduría, que se adquiere progresiva y lentamente, permite ser a la vez respetuoso de las opiniones de otros, sin ser esclavos de ellas, y comprender todo lo que pueden tener de interés.

En el mundo de hoy somos todos un poco racionalistas. Es decir, hemos desarrollado nuestra inteligencia de una manera desordenada. Es por eso que, frente al misterio, en lugar de una actitud de admiración y contemplación, tenemos una actitud crítica, buscamos comprender, medir, calcular, analizar. Hemos olvidado que la inteligencia está hecha ante todo para recibir, para admirarse, para contemplar (5).

La misión de Santo Tomás -repite a menudo el P. Philippe- fue la de ser teólogo. Para él el Filósofo era Aristóteles. Santo Tomás se dirigía a una cristiandad que necesitaba una teología. A nosotros, en cambio, como nos ha recordado el último Concilio, se nos exige una apertura al mundo, que reclama de nosotros mucha lucidez, comprender sobre todo quién es el hombre, para poder iluminarlo con la verdad. Esta apertura al mundo conlleva, por lo tanto, una exigencia filosófica (6). Si no la tenemos, nos dejamos arrastrar por las ideas de moda. Las filosofías modernas, a menudo reductoras, no buscan la verdad, y por tanto caen en la ideología. No se trata entonces de repetir materialmente a santo Tomás, sino de acudir a sus mismas fuentes. No podemos responder a la cantidad de cuestiones que nos presenta el mundo de hoy sólo con la teología. El subjetivismo y el idealismo, del que nosotros también somos herederos, nos exigen volver a la filosofía, para poder mostrar su error fundamental. No sólo debemos salvar nuestro corazón, también nuestra inteligencia puede estar falseada y necesitar conversión.

Esta confianza inmensa de santo Tomás en la inteligencia humana no es ingenuidad. Con firmeza afirma que la inteligencia humana está hecha para Dios, y que no puede descansar, en su búsqueda de la verdad, hasta que no descubra el misterio de Dios en toda plenitud. En esta búsqueda profunda de Dios, santo Tomás tendrá siempre cuidado de defender lo que la inteligencia puede por ella misma descubrir del hombre y de Dios. El verdadero creyente tiene un gran respeto por la inteligencia que busca la verdad, y cuando la inteligencia humana puede alcanzarla, la fe la deja pasar delante. Esta convicción de la profundidad y de la nobleza de nuestra inteligencia -afirma el P. Philippe- implica reconocer en ella el don más grande que nos ha hecho Dios, a fin de que podamos buscar la verdad. En este sentido, afirmar la actualidad de santo Tomás significa afirmar la actualidad de la inteligencia. Si la búsqueda de la verdad está más allá de la moda de un momento, santo Tomás es actual y está muy cercano a nosotros, porque nos permite descubrir la finalidad de nuestra inteligencia y recuperar esa pureza del espíritu contemplativo (7).

Pero la sabiduría filosófica al purificar nuestra inteligencia, nos permite, además explicitar con mayor profundidad nuestra fe. Esto constituye la sacra doctrina o sabiduría teológica. Mucho ha escrito el P. Philippe sobre la concepción y la práctica de la teología de santo Tomás (8). Recuerdo aquí solamente su insistencia en el carácter sapiencial de la teología, ordenada a la contemplación. La fe, en efecto, que debe crecer bajo la inspiración del Espíritu Santo, puede desarrollarse también con la ayuda de nuestra inteligencia, cuando ésta se pone a su servicio. Para que este servicio sea perfecto, la inteligencia se sirve de la filosofía, que le permite ser más consciente de sus exigencias propias.

Advierte el P. Philippe sobre el peligro de confundir la teología de santo Tomás con el método escolástico (9). Si la teología está ordenada a la contemplación, el método escolástico, en cambio, está destinado a la enseñanza, a fin de poder transmitir, de modo claro y simple, todas las riquezas de la tradición cristiana, pero no puede ser lo fundamental ni lo más importante. Presupone, ante todo, las dos fuentes vitales de la teología -la fe, fuente principal, y la filosofía, como fuente auxiliar- a las que debe volver continuamente. Pero la teología como ciencia, tal como santo Tomás la concibe, no se identifica totalmente con la sacra doctrina, ya que el misterio de la Palabra de Dios puede dar lugar a diversos desarrollos y explicitaciones. Particularmente insiste el P. Philippe en la necesidad de desarrollar una teología bíblica que, más allá de la simple exégesis, atienda al desarrollo histórico de la Revelación; de una teología de la Iglesia, que muestre su estructura, crecimiento y finalidad, en dependencia de Cristo, y de una teología mística, que recapitule todo a la luz del misterio del amor de Dios y nos introduzca en este misterio.

II- Santo Tomás, Maestro por su doctrina

Es evidente que no es fácil llegar a la sabiduría filosófica o teológica. Suponen ambas una vida de dedicación y estudio. No todos estamos llamados a ellas. El don de sabiduría, en cambio, es dado por Dios a todos a quienes da su gracia, aunque no siempre seamos concientes de él. Todos tenemos, gracias a este don, la capacidad de vivir en la contemplación del misterio de Dios, y no por intermedio de las realidades materiales, como la contemplación filosófica, sino que, inmediatamente, somos hechos partícipes de la vida misma de Dios, su vida trinitaria de amor y de luz.

El P. Philippe prolonga en este punto la enseñanza de santo Tomás para explicar cómo se da este conocimiento del don de sabiduría. Ante todo, recuerda que no es una visión, puesto que permanecemos en el régimen de la fe. Pero cuando se ama, la oscuridad no es un obstáculo, sino que permite un ir más allá de lo que se ve, como el conocimiento de una madre, o de un amigo. Así también el misterio de la presencia de Dios en el amor se vuelve de tal modo fuerte que ninguna otra cosa cuenta ya. No es una mirada en el sentido intelectual, sino una experiencia afectiva: la inteligencia que tiende a Dios con todo su ser y deja que Dios la tome. Podemos decir, con el P. Philippe, que esta sabiduría es una atención amorosa de la inteligencia sobreelevada por la fe que, en la oscuridad, recibe el misterio del amor de Dios. Por eso los santos expresan esta experiencia no con el vocabulario de la visión, sino como una presencia, un cierto tocar o gustar, para hacernos comprender que no se trata de una evidencia, sino de algo mucho más íntimo, una presencia de Dios que envuelve todo y nos arranca de nosotros mismos y nos sumerge en Dios (10).

La enseñanza de santo Tomás, insiste el P. Marie-Dominique, procedía de una experiencia de este tipo. El cita a menudo el testimonio de uno de los testigos del proceso de canonización de santo Tomás que afirma cómo “cada vez que quería estudiar, comenzar una cuestión disputada, enseñar, escribir o dictar -lo cuenta Guillermo de Tocco en su biografía- comenzaba retirándose en el secreto de su oración… a fin de obtener la inteligencia de los divinos misterios” (11).

Es en los comentarios a la Sagrada Escritura donde encontramos con mayor claridad ejemplos de esta intimidad del santo con Dios, aun cuando el lenguaje lo disimule con mucha discreción. En las explicaciones de un texto de san Pablo o, sobre todo, de san Juan, podemos muchas veces adivinar el modo cómo santo Tomás vive de este don del Espíritu.

El hombre espiritual es movido por el instinto del Espíritu Santo -según la expresión de santo Tomás que el P. Philippe gusta utilizar- a fin de que su inteligencia sea iluminada interiormente y su corazón inclinado a amar. La acción del Espíritu, semilla divina que procede del Padre, nos engendra como hijos de Dios, afirma santo Tomás comentando a san Pablo. Es una vida de hijos la que nos es comunicada, hijos en el único Hijo bienamado. Por eso también la vida cristiana, en lo que tiene de más íntimo y secreto, se expresa por esta inhabitación del Espíritu Santo en el alma, que se convierte en su templo.

Este don, precisa santo Tomás, exige de nuestra parte una receptividad especial, aun quedando a salvo, por supuesto, la iniciativa divina. Es por eso que esta inhabitación implica a la vez el don y la respuesta a este don. Somos constituidos Dei amatores, subraya el P. Philippe en el texto de santo Tomás, “amantes de Dios”. No sólo el don divino reclama nuestro don y lo realiza -por su Don, que es amor, somos capaces de darnos también nosotros a El- sino también se nos da a conocer, no ya del exterior, sino del interior. Lo conocemos como El se conoce. Este conocimiento y este amor nos da una familiaridad particular con las Personas Divinas, de tal manera que el Espíritu Santo se pone a nuestro servicio -dice el P. Philippe- para enseñarnos a orar, para transformar nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, dándonos un espíritu nuevo, su Espíritu de amor.

Quisiera aquí citarles dos textos de santo Tomás que el P. Philippe ha puesto de relieve en algunas de sus obras. No son fáciles de leer los comentarios bíblicos de santo Tomás, y tampoco están traducidos en su totalidad al castellano. Falta sobre todo el Comentario al Evangelio de san Juan. Les leo ahora estos textos, como una invitación a acercarse algún día a estas obras:

“El Espíritu Santo nos conduce al conocimiento de la verdad, porque procede de la verdad… Porque así como en nosotros, del conocimiento y consideración de la verdad se sigue el amor a esta verdad, así en Dios, del conocimiento de la verdad, que es el Hijo, procede el amor; y como el amor procede de la verdad, así también conduce al conocimiento de la verdad… Manifestar la verdad conviene como propiedad al Espíritu Santo, porque el amor, en efecto, es el que realiza la revelación de los secretos” (In Joan XIV, 17, lect. 4, n. 1916).

Otro texto, del mismo comentario al Evangelio de San Juan, nos permite profundizar en este sentido:

“El verdadero signo de la amistad es cuando el amigo revela a su amigo los secretos de su corazón. Porque los amigos no tienen más que un solo corazón y una sola alma, no sale del corazón lo que se revela a un amigo… Dios, haciéndonos participar de su sabiduría, nos revela sus secretos… Cuando el Hijo nos revele al Padre, nos revelará todo lo que sabe” (In Joan XV, lect. 3, nn. 2016 y 2018).

El Espíritu Santo, “secreto” del Padre y del Hijo, nos revela al Padre y al Hijo, por eso el don del Espíritu Santo en nosotros es inseparable de la inhabitación del Padre y del Hijo. Por el Espíritu Santo, no solamente Dios está en nosotros, sino nosotros en Dios, afirma en la Suma contra Gentiles (12).

Pero si insiste con tanto énfasis en la misión propia del Espíritu Santo, que nos introduce en el misterio del Padre y del Hijo y nos hace vivir de este misterio, santo Tomás afirma también con toda claridad la misión propia de Cristo que, en su humanidad santa, es el camino que nos lleva al misterio del Padre y del Espíritu. Así como el Espíritu Santo dado por el Padre y el Hijo nos revelan sus secretos, así el Hijo, enviado por el Padre, nos revela su secreto, el Padre. Por eso podemos comprender por qué la oración, según santo Tomás, obra del Espíritu, es también fruto del amor de Cristo en nosotros, que nos transforma en El y nos esconde en el Padre.

El P. Philippe nos enseña a descubrir en estos comentarios la experiencia íntima y personal que santo Tomás ha tenido del misterio de las Personas divinas. Mostrándonos cómo santo Tomás ha vivido en profundidad la revelación del Nuevo Testamento nos hace penetrar también a nosotros en el misterio de la Santísima Trinidad, que ha querido habitar en nosotros, sin dejar de recordarnos por tanto la trascendencia de su misterio inaccesible. Esta perspectiva, lejos de excluir el trabajo científico del teólogo, tal como la encontramos en la Suma de Teología, por ejemplo, reclama de él mayor ardor y perspicacia, y le da, a la vez, su verdadera luz y perspectiva.

III- Santo Tomás, modelo por su santidad y su servicio

Santo Tomás no sólo fue maestro con su doctrina, sino ante todo con el testimonio de su vida. Nos es necesario recordar esto especialmente a nosotros, cansados ya de palabras pero amenazados también por el mismo mal de la disociación entre lo que se dice y lo que se vive. Es esto lo que hace el P. Philippe en un pequeño librito sobre la cristología de santo Tomás, donde, como su mismo título lo indica, nos presenta a santo Tomás no sólo como doctor, maestro en cuanto a su enseñanza, sino como testigo de Jesús. Me detendré ahora en el prólogo de esta obra, y seguiré la exposición del P. Philippe sobre la santidad de santo Tomás, al que aplica lo que el santo doctor afirma de san Juan (13). Santo Tomás, en efecto, intenta explicar por qué Juan es el discípulo predilecto y da tres razones: la perspicacia de su inteligencia, la pureza de su corazón y su juventud. Al aplicarlas a santo Tomás, el P. Philippe nos da una descripción penetrante de su santidad.

Ante todo, la perspicacia de su inteligencia. No dice que sea más inteligente o que razone más. La perspicacia expresa la cualidad de una inteligencia capaz de discernir, y que es la condición de la contemplación: no se puede ser contemplativo sin esa sed de penetrar en el misterio, de avanzar siempre más. Por otro lado, es así como explica santo Tomás qué es la inteligencia, sirviéndose de un juego de palabras muy particular: intelligere, es decir, intus legere, leer del interior. Uno es inteligente cuando no se detiene en lo exterior, en la experiencia, en lo superficial. Cuando se es inteligente, al contrario, se captan las cosas desde lo más íntimo, amándolas. Pues sólo cuando se ama se conoce algo desde su interior.

Por otro lado, la pureza de corazón. No se puede ser santo sin la pureza de corazón, como nos lo recuerda una de las bienaventuranzas. La perspicacia de la inteligencia está ligada a la sabiduría: es ella la que nos permite mirar y descubrir la verdad amándola. Pero no se puede ser perspicaz sin la pureza de corazón, es decir, sin la sabiduría del amor.

Finalmente, la juventud, la juventud del corazón, la capacidad de admirarse, por lo tanto de redescubrir todo, de adelantar siempre, sin detenerse. El P. Philippe la relaciona con la esperanza, así como las dos precedentes con la fe y el amor.

Para terminar su presentación, el P. Philippe insiste en las cualidades de santo Tomás como teólogo. Si el teólogo debe ser un servidor, santo Tomás lo ha sido de manera única. Y ha sido, como lo pide el Evangelio, un servidor fiel, un servidor manso y dulce, un servidor pobre.

La fidelidad de santo Tomás se manifiesta ante todo en su preocupación por ser un guardián de la Palabra de Dios. Refiere el Padre Philippe la anécdota sobre las lágrimas de santo Tomás cada vez que se cantaba en el Oficio el versículo de un salmo que la Vulgata traduce “los hombres han disminuido la verdad” (Ps 11, 2). Santo Tomás tiene el horror por empequeñecer la verdad, esa es su grandeza como teólogo. Contrariamente a los teólogos “de la sospecha”, como los llama el P. Philippe, que temen la contemplación, temen la grandeza de la verdad, que hablan de la verdad de Dios según la capacidad de su inteligencia, y olvidan que la Palabra de Dios sobrepasa infinitamente lo que nosotros podemos comprender de ella. El servidor de la Palabra de Dios, en cambio, debe ser fiel no sólo con respecto a lo que comprende, sino también con respecto a lo que lo sobrepasa completamente. Eliminar el misterio es traicionar la Palabra de Dios. Por esto la importancia de santo Tomás en nuestros días, insiste el P. Philippe, para recordarnos que el teólogo es ante todo un servidor, y no un maestro. La fidelidad del teólogo consiste en reconocer que depende totalmente de algo superior que lo trasciende.

El servidor es también manso y dulce. Es difícil ser manso en la búsqueda de la verdad. Hace falta una gran pureza de corazón para comprender que, en realidad, no se posee la verdad, sino que más bien somos poseídos por ella. Cuando se está poseído por la verdad, se está más atento a todos los rastros de ella donde quiera que se encuentren. Cuando uno se considera el dueño, se vuelve duro y sectario. Nadie es más duro que un sectario, dice el P. Philippe. Esto no quiere decir no tener contornos definidos, pero la conciencia de no poseer la verdad nos vuelve respetuosos con todos lo que la buscan, aunque sea a tientas. Santo Tomás, recuerda el P. Marie-Dominique, es amigo de todos los que buscan la verdad.

El servidor, además, es pobre. Si está al servicio de la verdad y no la posee, por lo tanto no es una obra que le pertenezca y de la cual los demás estén excluidos. Se manifiesta también esta característica de santo Tomás como teólogo en su afirmación, al final de la vida, de que toda su obra le parece como paja, en comparación con el misterio mismo de Dios.

Termina el P. Philippe afirmando cómo estas tres características del servidor no pueden separarse de la contemplación. Sin un espíritu contemplativo, el servidor se vuelve duro, sectario, no es más fiel; todo lo mide según sus ideas, hace entonces su propia obra.

La santidad y el servicio son los dos aspectos que el P. Philippe nos invita a admirar en santo Tomás y a comprender cómo él los ha vivido en el seno de la Iglesia. Como el servidor, que no elige su tarea, así santo Tomás comprendió el servicio que se encomendaba y lo cumplió de todo corazón. Probablemente a nosotros no nos encomienda el Señor la misma tarea, pero debemos aprender de él a vivir nuestra vocación a la santidad con un sentido profundo de la verdad y del servicio que la Iglesia nos pide hoy.

Santo Tomás, maestro de vida espiritual: Iluminado por la enseñanza del P. Marie-Dominique Philippe, me ha parecido importante en estos tres temas: la urgencia de recuperar las tres sabidurías, particularmente una filosofía realista; la profundidad de la doctrina tomista sobre nuestra comunión con Dios y el ejemplo de la vida misma de santo Tomás y su testimonio de servicio a la Iglesia y de amor a la verdad.

NOTAS

(*) El texto conserva el estilo oral en el que fue presentado en las Jornadas de Espiritualidad Católica realizadas en Córdoba del 29 de abril al 1º de mayo de 1995. Se han hecho sólo algunas pequeñas correcciones y se han agregado las notas. Si no se indica otra cosa, los libros o artículos citados son del P. Marie-Dominique PHILIPPE. http://members.fortunecity.es/mariabo/philippe.htm
(1) LENOIR, Frédéric, Les communautés nouvelles, París, Fayard, 1986, p.297.
(2) I, q.1, art.6, ad 3. Cf. II-II, q.45, a.1, ad 2 y a.2, c.
(3) Les trois sagesses, París, Fayard, 1995, pp. 49-50.
(4) Cf. L’homme à la lumière d’une métaphysique de l’être, en Seminarium XX (1980), pp. 182-203.
(5) Cf. Suivre l’Agneau. Retraite sur l’Évangile de Saint Jean. Éd. de l’Agneau, 1988, p.197.
(6) Saint Thomas, Docteur, Témoin de Jésus, París-Fribourg, Saint Paul, 1992, p. 16.
(7) Les trois sagesses, pp. 264-299.
(8) Cf. La théologie comme science selon saint Thomas, BCTSNC n. 73 (1976), pp. 1-19.
(9) Cf. La lecture de la Somme théologique, en Seminarium 29 (1977), pp. 898- 917.
(10) Cf. La contemplation, BCTSNC n. 39 (juin 1967), pp. 22-30.
(11) Saint Thomas et le mystère de la Très Sainte Trinité, CESJ n. 102 (1982), p. 42.
(12) C.G. IV, 21.
(13) Saint Thomas. Docteur. Témoin de Jésus, pp. 5-12.

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